Samuel Finley Breeze Morse

Siete vidas en una son las que reúne Samuel Morse en su fascinante quehacer vital: la de artista pintor, inventor, gestor y organizador de eventos, la de hombre de negocios y la de político y sin embargo, sería su condición de hombre enamorado y su sufrimiento por la terrible pérdida de su mujer, lo que facilitaría la invención de su famoso telégrafo y código Morse.

A su muerte, el mundo lo recordaría casi exclusivamente por su faceta de inventor y los operarios de telégrafos del país ya le habían erigido su estatua en el Central Park de Nueva York e incluso el Congreso le había rendido honores por su labor en pro de la extensión de las comunicaciones. 

Una figura extraordinariamente transversal que tuvo una influencia memorable en varios aspectos de la cultura norteamericana. Sus inquietudes políticas le llevaron a presentarse en 1836 a la alcaldía de Nueva York por el Partido Nativista, aunque cosecharía pobres resultados. La idea de su más que famoso telégrafo derivó de un trágico hecho familiar: Morse se encontraba pintando un retrato del general Lafayette en Washington, cuando recibiría consternado el fallecimiento de su esposa en Connecticut. Debido al retraso con el que le llegó, una semana más tarde, decidió inventar un aparato que permitiera mantener una comunicación sin barreras de espacio ni tiempo. 

Tras la muerte de su esposa, viajaría nuevamente a Europa y en el viaje de regreso tuvo un encuentro casual con Charles Thomas Jackson, un científico estadounidense que mostró a Morse su último trabajo sobre electromagnetismo, inspirando la idea al genial inventor de usar la electricidad para transmitir mensajes a larga distancia. La batalla por conseguir la patente le costaría varios años, pero daría sus primeros pasos cuándo en 1835, Henry Ellsworth, amigo de Morse, fuera nombrado primer Comisionado de la Oficina de Patentes de los Estados Unidos, 

Su primera demostración sería en Morristown, Nueva Jersey, en 1838 ganando un combate por el título de inventor del telégrafo, aunque necesitaría desesperadamente fondos adicionales y el apoyo del gobierno para convertirla en una tecnología viable. Esa pieza fundamental en su vida, Henry Ellsworth, compañero de Yale, le echaría más que un cable en su largo y tortuoso camino que acabaría en 1844, momento en el que el Congreso asignaría el dinero necesario para su trabajo. 

Morse, en su eterno agradecimiento, permitiría que Anne, la hija de 17 años de su colega de Yale, eligiera el primer mensaje telegráfico formal. El pasaje seleccionado fue del Libro de Deuteronomio del Antiguo Testamento, Lo que ha creado Dios. 

Primer texto escrito en Morse