Prometen ayudarte con las tareas académicas, protegerte frente a ciberataques o hacerte compañía cuando te sientes solo. Están a un clic, tienen nombres atractivos y cualquiera puede encontrarlas en la GPT Store de OpenAI. Pero una investigación liderada por la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), junto con el King’s College de Londres e Ingenio, lanza una advertencia sobre las versiones personalizadas de ChatGPT, una de las aplicaciones de chatbot de inteligencia artificial generativa más populares: muchas de ellas no respetan las propias normas de la plataforma que los ofrece al público en su tienda.
El estudio ha analizado 782 GPT, esto es, personalizaciones de ChatGPT creadas por usuarios y publicadas en la GPT Store. El resultado es contundente: el 58,7% de los asistentes evaluados generó al menos una respuesta que podría vulnerar las políticas de uso de OpenAI. Dicho de otra forma, más de la mitad de los chatbots examinados fallaron cuando se los puso a prueba.
El caso más llamativo es el de los GPT diseñados para interactuar de forma afectiva. Aunque las normas de OpenAI prohíben expresamente los asistentes dedicados a fomentar compañía romántica, los investigadores encontraron que el 98% de los chatbots de esta categoría incumplía esa regla. “Algunos se presentaban como pareja virtual, respondían con lenguaje afectivo o mantenían conversaciones diseñadas para simular una relación sentimental”, afirma David Rodríguez Torrado, profesor ayudante de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Telecomunicación (ETSIT) y uno de los coautores del trabajo.
El problema no se limita al terreno emocional. El estudio también concluye que en el ámbito académico son numerosos los asistentes que aceptan escribir ensayos completos, resolver tareas o producir respuestas listas para entregar como si fueran un trabajo propio del estudiante. En ciberseguridad, aunque el nivel de cumplimiento es mucho mayor, también aparecen chatbots que ofrecen instrucciones técnicas delicadas sin aclarar si la actividad es legal o cuenta con consentimiento.
Para detectar estos comportamientos, el equipo desarrolló una herramienta capaz de auditar GPT de forma automática. “El sistema localiza asistentes en la tienda, les plantea preguntas diseñadas para comprobar si cruzan líneas rojas y después evalúa sus respuestas. No se trata de mirar cómo están configurados por dentro, algo que no es visible para un usuario externo, sino de observar qué hacen realmente cuando alguien interactúa con ellos”, explica Rodríguez Torrado, que desarrolla su labor investigadora en el grupo Sistemas de Tiempo Real y Arquitectura de Servicios Telemáticos (STRAST).
El investigador subraya la que es una de las claves del estudio: lo importante no es lo que el chatbot promete ser, sino lo que acaba respondiendo. Un asistente anunciado como herramienta de ayuda académica puede terminar escribiendo un trabajo completo. Uno presentado como apoyo emocional puede comportarse como una pareja virtual. Y uno enfocado a seguridad informática puede dar instrucciones que, en manos equivocadas, resulten problemáticas.
Los autores del estudio también comprobaron que muchas de las respuestas no nacen únicamente de la personalización realizada por los creadores de los GPT. Al repetir las mismas pruebas con modelos base como GPT-4 y GPT-4o, encontraron comportamientos muy parecidos en más del 92% de los casos comparables. Advierten que esto sugiere que parte del problema viene de fábrica: los modelos de base ya pueden producir respuestas contrarias a las normas, y la personalización puede reforzar o hacer más visible esa tendencia.
Para los investigadores, los resultados del trabajo ponen de manifiesto un desafío cada vez más urgente. Si cualquiera puede crear un chatbot y publicarlo para miles o millones de usuarios, revisar manualmente todos esos asistentes se vuelve una tarea casi imposible. Por ello, los autores defienden que hacen falta sistemas automáticos de supervisión que actúen de forma continua, no solo antes de publicar un GPT, sino también después, cuando ya está disponible para el público.
El coste de hacerlo, aseguran, no parece inasumible. “En el experimento, evaluar los 782 GPT costó algo más de diez dólares en uso de modelos, alrededor de un céntimo por chatbot. Una cifra muy inferior a la que supondría revisar manualmente cada asistente, y sin exponer a moderadores humanos a contenidos potencialmente dañinos o manipuladores”, indica el estudio.
Tras detectar los incumplimientos, los autores comunicaron varios casos a OpenAI. Según recoge el estudio, algunos de los GPT señalados se retiraron posteriormente de la tienda, incluidos asistentes relacionados con simulación romántica, trampas académicas y actividades de hacking malicioso.
La conclusión es clara para los investigadores: los chatbots personalizados ya no son una curiosidad tecnológica, sino un ecosistema enorme, cambiante y difícil de controlar. Y en ese nuevo escenario, la gran pregunta no es solo qué pueden hacer estas herramientas, sino quién comprueba que no hagan lo que prometieron no hacer.
Fuente: ‘e-Politécnica Investigación e Innovación’ (nº 776), boletín de la UPM.